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Calpe es una ciudad especial con un encanto que va mucho más allá del turismo que puebla sus calles en verano. Y es que su belleza se potencia con el frío, momento en el que la naturaleza, y gracias a la ausencia de masificación, se manifiesta de manera más clara. En ese entorno los paseos a través de sus calles y en los alrededores de playas y calas son mucho más satisfactorios que en verano. Y todo ello sin olvidar los lugares de interés arqueológico y cultural que se encuentran repartidos aquí y allí conforme visitamos la ciudad, así como los locales gastronómicos más importantes de esta zona levantina.

No en vano Calpe ha sido, históricamente, punto de encuentro de las más importantes civilizaciones, gracias a su situación geográfica tan accesible a través del mar. Esto ha hecho que fenicios, romanos o musulmanes hayan ido dejando su huella, impronta que puede verse principalmente en la zona vieja de la ciudad.

Es, de hecho, en el casco antiguo de Calpe, donde el visitante puede observar en mayor medida el paso de estas culturas. La Ermita de San Juan de la Cometa, datada del siglo XV, es uno de los ejemplos de esta riqueza cultural, complementada por el resto de iglesias, plazas y monumentos (generalmente romanos) que salpican sus paisajes.

Numerosos museos han sabido recoger esta diversidad cultural, sobre todo aquellos situados en el casco antiguo. Mención especial, por su importancia y peso específico en la zona, tiene el Museo de Coleccionismo (construido en alrededor y en el interior del conocido como ‘Torreó de la Peça’, donde se exponen colecciones tanto públicas como privadas), el Museo de Historia y Arqueología (cuya colección alberga objetos y materiales de la Edad de Bronce y la Época Ibérica) y la Galería de Arte contemporáneo (situado en el portal de acceso al antiguo recinto amurallado).

Aun así la naturaleza, más allá de las playas, hace acto de presencia con fuerza, siendo la protagonista indiscutible de la zona (numerosas postales, fotografías ganadoras de concursos, etc. atestiguan el tesoro visual y sensitivo de la ciudad). El famoso Peñón d’Ifach, un saliente que se alza más de trescientos metros sobre el mar frente a Calpe, resulta especialmente impactante en contraste con las nubes y el cielo, normalmente más oscuro, de invierno. Y llegar a su zona más elevada se hace más llevadero al no tener que soportar, por parte del senderista, las temperaturas y humedad de otras épocas del año. Especial recomendación es la de disfrutar de sus vistas tanto desde su cima (desde donde puede observarse toda la bahía con unos acantilados sobrecogedores) como desde los paseos adyacentes.

Y, siempre que hablemos de naturaleza en Calpe, no debemos olvidar los conocidos como “Senderos Voramar”, dos caminos preparados para toda la familia desde los que se puede disfrutar de un equilibro visual entre el mar y la vegetación autóctona de la zona. Sus características los hacen especialmente recomendables y apacibles para cualquier edad.